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Cuando me di cuenta de que era una cómica

Mi madre nos pegaba. Con normalidad. Solía usar una cuchara de madera de la cocina — la misma que usaba para hacer sala de tomate para espagueti. El olor de salsa de espagueti siempre acompañaba un golpe contundente en el culo, y por eso, siempre he tenido una relación confusa con ese sabroso plato.

Que mi madre nos pegara quizás os sonará como malos tratos, especialmente a los que hoy en día son padres de hijos pequeños. Pero hostia, cómo se miman a los hijos de hoy en día! Ya no hablemos de pegar; hablo de no imponer ningunos límites! Cuántas veces estoy en un restaurante y escucho a mi lado: “Por favor, Roger. No tires el foie. No tires el foie. ¿Roger? Roger, porfi. Te estoy pidiendo. No tires el foie. Roger? Cariño?” Y eso es su marido!

Mi madre nos pegaba en el culo y nada más. Honestamente, lo veía como algo normal, especialmente en comparación con lo que veíamos en la tele de vez en cuando — por ejemplo, la película Sybil, que trata de una chica que desarrolla 16 personalidades para aguantar el horrendo abuso de su madre. Lo que teníamos mis hermanos y yo era un picnic en el parque comparado con eso!

Cuando mi madre me pegaba con la cuchara de madera, dolía mucho. Pero peor que el dolor, realmente, era la anticipación del golpe. El miedo era diez veces peor que el dolor. El miedo que provocaba la expresión en el bello rostro de mi madre, deformado por una rabia absoluta. Parecía odio absoluto y que me iba a matar.

Cuando llegaba el momento del castigo, yo siempre huía — lógicamente. No soy tonta! Entonces mi madre tenía que perseguirme alrededor de la casa con la cuchara. Alrededor del sofá del salón. Dando vueltas y vueltas hasta que me pillara. Me arrastraba por la camiseta y en un instante, BAM! Venía el golpe. Me ponía histérica cada vez, sollozando durante una hora después.

Una vez, pasó lo mismo: mi madre se enfadó, me vino con la cuchara, enfurecida; yo huía, ella corría detrás de mí, me pilló, me posicionó para recibir el golpe en el culo…

…y cuando vino, vino con tanta fuerza que salté casi dos metros por el salón.

Cuando aterricé, me vino a la mente la imagen de una película de The Three Stooges, y me provocó algo que nunca me había provocado todas esas veces que me mi madre me pegaba: una risa.

Es que era delirante!  Había volado casi dos metros, propulsada por la cuchara al golpear mi culo. Fue cinematográfico!

Reí y reí hasta caerme al suelo. “Mamá, hazlo de nuevo! Igual puedo saltar TRES metros!” El disgusto se reveló en la cara de mi madre mientras se dio la vuelta y volvió a la cocina, irritadísima.

Pegarme había perdido todo su poder. Fue la última vez que mi madre me pegó.

Y yo me quedé maravillándome: “Sólo has de dar un pequeño giro al dolor y se transforma en risas! Es la HOSTIA!” Era como tener super-poderes de repente.

Esa fue la primera vez que me sentí cómica. No por hacer reír a otros, sino por transformar mis propias lágrimas en risas.

Y he sido adicta a eso desde entonces.

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4 comments to Cuando me di cuenta de que era una cómica

  • adventuresinsin

    Ahora me iba a poner a leer tu anterior entrada, para la cual hace falta calma,tranquilidad y cierto interes por la historia americana, pero me he encontrado con este nuevo post y la verdad, me haces de reir mucho!!! ( you better dont say me haces de whatever it follows, because that’s an awful diction)!! Mi ama me pegaba con la zapatilla, la suela era de goma y no dolia mucho, ella decia que era mejor que pegarnos con la mano porque se hacia dano. Pobrica. Y luego, los hijos enseguida sobrepasamos la altura de nuestras madres, asi que se les acaba el chollo de pegar y comienzan con “otros rollos”, cositas mas sofisticadas para castigar. Ahi es de donde viene mi aficion por el bondage y el sado maso.ummmmmmm!!! Te veo volando sin alas por el living room!! En navidades me leo tu anterior post porque tiene una pinta divina!! besitos.

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  • Gudurix

    Totalmente de acuerdo, no hablo de convertirse en Sybil, pero con un azote a tiempo Roger no volvería a tirar el puto foie. Todas las madres tienen un punto de inflexión en el que se dan cuenta de que el castigo físico ya no tiene efe

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  • A mi me cayeron hostias de mi madre, de mi padre, y hasta de mis profesores!
    Pero lo justo para poder convertir las lágrimas en risas, como tú hiciste… una patada en la boca, la mires por donde la mires, no creo que te haga gracia!
    Convertir tus “desgracias” en humor tiene mucha coña.

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  • Curiosidades de la vida. Acabo de leer esta entrada y he recordado este texto que escribí hace un par de años.

    LA ZAPATILLA DE MI MADRE

    Se dice que las cosas que vivimos en nuestra infancia las recordamos luego de forma mucho más intensa de lo que eran en realidad, que los colores y los olores son mucho más intensos y los espacios mucho más grandes de lo que en realidad eran, o sea, que la clase de párvulos la recordamos cómo una especie de polideportivo lleno de niños cuándo en realidad era una especie de cubículo en el que estábamos unos quince infantes, y que en realidad no eran kilos de plastilina los que manipulábamos, sino pequeñas bolitas, proporcionales a nuestras pequeñas manos de entonces. O esos plastidecor con los que decorábamos artísticamente los pasillos, que parecían enormes y en realidad eran diminutos.

    Debe ser cierto, porque el otro día vi la zapatilla de mi madre y me pareció pequeñísima, cuándo yo la recordaba enorme, al igual que el pasillo por el que ella solía perseguirnos a mi hermano y a mí zapatilla en ristre cuándo hacíamos alguna trastada.

    Es curioso, el pasillo debía ser pequeñísimo, pero yo lo recuerdo tan largo, tan largo que la escena de mi madre persiguiéndonos a mi hermano y a mí, en bata, descalza de un pie y con la zapatilla en la mano la recuerdo a cámara lenta, cómo el comienzo de los dibujos animados del coyote y el correcaminos.

    Esos episodios comenzaban con un retrato robot de ambos personajes persiguiéndose, y una denominación en latín, en plan nombre científico, que siempre cambiaba en cada episodio, en plan: “Correcaminos: Velocibus comepiensus” y “Coyote: voracibus dinamiterus”. Pues bien, yo recuerdo la escena de mi madre por el pasillo, corriendo tras mi hermano y de mí exáctamente igual, en un pasillo inmenso, larguísimo, decorado artísticamente con los cactus que mi hermano y yo habíamos pintado con los plastidecor, y mi madre corriendo tras nosotros, con la bata medio desabrochada, zapatilla en ristre, una zapatilla marca acme que recordamos enorme, por cierto, gritando “¡ya verás cuándo venga tu padre!”, y el subtítulo “Madre: Femina zapatillensis” mientras mi hermano y yo corríamos delante, descogorciados de la risa mirando a la zapatilla con el subtítulo “Hijos: Gamberrum Plastidecoris”.

    El caso es que en aquella época por lo menos hacíamos ejercicio, que terminábamos todas las noches agotados de correr por el pasillo. Lo interesante y lo mejor de todo es que el pasillo y la zapatilla son mucho más pequeños en realidad de lo que los recordábamos, pero el cariño que nos teníamos, la diversión de cada día, y la dulzura con la que luego nos miraban los viejos cuándo nos sentábamos todos a ver el “un, dos, tres” sí que eran realmente gigantescos.

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